Hay una frase que casi todas las familias oyen alguna vez: «es que lo exagera».
No lo exagera. Le llega distinto.
Este número va de entender qué está pasando dentro, porque cuando eso se entiende, la mitad de las conductas que parecían inexplicables dejan de serlo.
No es un detalle: está en la definición
Las diferencias sensoriales no son un añadido del autismo. Forman parte de los criterios diagnósticos desde 2013, cuando se incorporaron de manera explícita.
Y son muy frecuentes. Un análisis de los registros de vigilancia de autismo en Estados Unidos, con 25.627 niños de 4 y 8 años, encontró diferencias sensoriales documentadas en cerca del 74 %. Conviene leer bien ese dato: es lo que estaba escrito en los informes, así que probablemente sea un suelo y no un techo.
Hiper e hiporreactividad, en el mismo niño
Lo que más despista a las familias es que parece contradictorio, y no lo es.
- Hiperreactividad: el estímulo llega amplificado. El secador, la etiqueta del cuello, la luz del supermercado, el olor del comedor. Lo que para otro es fondo, para él es primer plano.
- Hiporreactividad: el estímulo llega débil o tarde. No se queja del frío, no parece notar un golpe fuerte, no responde cuando le llaman.
- Búsqueda sensorial: necesita más. Se balancea, choca contra el sofá, se mete cosas en la boca, quiere presión.
Los tres pueden convivir en la misma persona, en distintos sentidos, y cambiar según el día, el cansancio o el hambre. Por eso un niño puede taparse los oídos en una fiesta y, media hora después, poner los dibujos a todo volumen. No es incoherencia. Son canales distintos.
Los tres sentidos que nadie nombra
En el colegio se aprenden cinco sentidos. Hay más, y los que faltan explican buena parte de lo que pasa en casa.
Propiocepción. La información que llega desde músculos y articulaciones y que te dice dónde está tu cuerpo sin mirarlo. Cuando llega poco clara, el cuerpo la busca: empujar, saltar, abrazar fuerte, apretarse contra las cosas.
Vestibular. El equilibrio y el movimiento, en el oído interno. Explica al niño que se pasa el día girando y también al que no soporta que le levanten del suelo.
Interocepción. La percepción de lo que ocurre dentro del propio cuerpo: hambre, sed, ganas de ir al baño, el corazón acelerado, el nudo del estómago.
La interocepción es la más importante de las tres para la vida diaria y la que menos se explica. Si la señal interna llega difusa, un niño puede no saber que tiene hambre hasta que está desesperado, no notar que necesita el baño hasta el último segundo, o no poder decir «estoy nervioso» porque no distingue esa sensación de otras.
Eso no es falta de atención ni de voluntad. Es una señal que llega mal.
La cuenta que se va llenando
La carga sensorial se acumula.
El trayecto en autobús, el ruido del patio, la luz del aula, la ropa que pica, el olor del comedor, la fila, el timbre. Cada cosa por separado se aguanta. Sumadas durante siete horas, no.
Por eso muchas familias describen el mismo patrón: en el colegio «se porta perfectamente» y al llegar a casa estalla. No es que en casa se porte peor. Es que ha sostenido la cuenta todo el día y en casa por fin puede soltarla, porque es donde se siente seguro.
Verlo así cambia dos cosas. La primera, que deja de parecer una elección. La segunda, que la intervención más eficaz no está en el momento del estallido, sino en las horas anteriores.
Qué tiene respaldo y qué se vende caro
Aquí hay que hilar fino, porque «lo sensorial» se ha convertido en una industria.
El centro estadounidense que revisa las prácticas basadas en evidencia en autismo publicó un documento específico sobre esto. Su conclusión tiene dos mitades y las dos importan.
La primera: la integración sensorial de Ayres sí alcanza la categoría de práctica basada en evidencia, con tres ensayos aleatorizados detrás. Pero con condiciones muy concretas: está pensada para niños con dificultades de procesamiento sensorial clínicamente significativas, se aplica uno a uno, la da un terapeuta ocupacional con formación específica y equipamiento específico, y en entorno clínico. El propio documento señala que no tiene evidencia para aplicarse dentro de un aula.
La segunda mitad es la que casi nunca se cuenta: una larga lista de cosas que se venden bajo el mismo paraguas no cumple los criterios de práctica basada en evidencia. Entre ellas, los protocolos de cepillado, los chalecos y las mantas de peso, los columpios como estimulación pasiva y las llamadas dietas sensoriales.
Un ejemplo concreto y bien medido: un ensayo aleatorizado con 67 niños autistas de 5 a 16 años comparó una manta de peso con una manta de control, midiendo el sueño con actigrafía. No mejoró el tiempo total de sueño ni ninguna otra medida de sueño. Ahora bien, el mismo estudio anota algo que merece respeto: los niños y sus familias preferían la manta de peso y la toleraban bien.
Ese matiz es toda la lección de este número. Que algo guste no significa que funcione para lo que se anuncia. Y que no funcione para el sueño no significa que no sirva para estar a gusto. Lo que no vale es pagarlo como si fuera un tratamiento.
Lo que sí sostiene, y es casi gratis
Reducir la entrada antes de que la cuenta se llene: auriculares o tapones en sitios ruidosos, quitar etiquetas, gafas de sol, salir del supermercado antes del final.
Avisar de los cambios con un minuto de margen.
Dar un rato de descarga después del colegio, sin preguntas y sin deberes inmediatos.
Y nombrar las señales del cuerpo en voz alta durante el día —«te ruge la barriga, igual tienes hambre»—, que es la manera más sencilla de trabajar la interocepción sin llamarlo así.
Qué significa esto para tu familia
Que cuando entiendes por qué se tapa los oídos, dejas de discutirlo y empiezas a organizarlo.
Y que antes de gastar en un producto sensorial conviene una pregunta corta: ¿esto está resolviendo algo concreto, o lo hemos comprado porque llevaba la palabra «sensorial» en la caja?
Si todavía estás ordenando quién hace qué —logopedia, terapia ocupacional, psicología—, eso lo cuenta el número sobre organizar los apoyos.
Mito vs evidencia
El mito: «con integración sensorial se le arregla el autismo».
No. La integración sensorial de Ayres tiene evidencia —tres ensayos aleatorizados— para un objetivo concreto: niños con dificultades de procesamiento sensorial clínicamente significativas, en sesiones individuales, con terapeuta formado y en entorno clínico. No es un tratamiento del autismo, ni una intervención para la conducta en general, ni algo que se aplique en el aula.
Y buena parte de lo que se vende con esa etiqueta —cepillados, chalecos y mantas de peso, columpios como estimulación pasiva, dietas sensoriales— no reúne los criterios de práctica basada en evidencia.
Si un centro te ofrece «integración sensorial», la pregunta útil es doble: ¿quién la da y con qué formación? ¿Y qué objetivo concreto vamos a revisar en tres meses?
Un recurso útil
Auditoría sensorial de una rutina. Una página para desmontar un solo momento del día —la ducha, la salida del cole, el supermercado— y ver qué entra por cada canal: ruido, luz, olor, tacto, movimiento, prisa.
Se hace en quince minutos y casi siempre aparece una cosa que se puede quitar mañana mismo.
Gratis, sin registro y sin dejar el correo.
Elige una rutina. Solo una. La que peor va.
Fuentes
- American Psychiatric Association — DSM-5 (2013): incorporación de la hiper e hiporreactividad sensorial a los criterios diagnósticos
- ADDM Network y CDC — Sensory features in autism: findings from a large population-based surveillance system, Autism Research (2022). 25.627 niños de 4 y 8 años, ciclos de vigilancia 2006-2014
- NCAEP y Frank Porter Graham Child Development Institute (UNC) — Ayres Sensory Integration: A Companion to the NCAEP Report
- Gringras, P. y otros (2014) — Weighted blankets and sleep in autistic children: a randomized controlled trial. Pediatrics. 67 niños de 5 a 16 años, medición por actigrafía
- National Autistic Society — Autismo y procesamiento sensorial
- Raising Children Network — Diferencias sensoriales en niños autistas
- ASHA — Practice Portal
- AOTA — Terapia ocupacional y procesamiento sensorial
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